Texto Francisco Crabiffosse Cuesta (Fragmento)
Refugio y medio: Últimos dibujos de Natalia Pastor
Se suele entender el dibujo desde la urgencia, desde esa encrucijada de lo inmediato que obliga a detener lo que parece escaparse para siempre, y sin embargo este dibujo nace de una reflexión extremadamente serena, consciente de que el medio es el idóneo para concretar una categoría de semilla que fructifica seriada para alimentar un concepto que no se despega ni de la realidad literaria, ni tampoco de lo que tiene de metáfora compleja de lo puramente artístico, tal como desprenden en los trabajos de las dos series que cabe observar como complementarios. La cualidad del dibujo en cuanto a decantación, al uso del recurso extremo de la línea y de lo monocromático para expresar en trazos de libre control lo concluyente y lo auténticamente esencial, tiene aquí una virtud pedagógica por cuanto muestra a Natalia Pastor como una dibujante excepcional hasta ahora casi tapada, suplantada por realización de una obra más atenta a otros medios.
Pero no de menor interés es la nueva identidad que asume en este trabajo como indagación de los motivos no tan frecuentados en esa explicación de su mundo, de ese cosmos que sigue la estela de Las ciudades invisibles en la que la propia condición de mujer y artista, con todo lo que conllevan ambas definiciones vitales, remite a una suerte de autorretrato con entorno, como si su biografía, su ser actual, cargase tanto de contenido íntimo como de mensaje-“ la voz que todo lo habla y todo lo calla”- público unos iconos en apariencia ajenos pero que convergen en la demostración diáfana de una vida propia en una época concreta.
Si en Impactos abre como referencia de homenaje a Frida Kahlo una serie en la que el cuerpo femenino es sujeto de una agresión objetiva que alienta una espiritualidad demostrativa en su no renuncia al paisaje de la piel y el órgano perforado, con esa dominante tinta roja que inquieta mientras dulcifica pregunta y respuesta, en Rizografías encontramos un horizonte aparentemente sereno que involucra superficie y subsuelo. El juego visual en torno al positivo/negativo con esos árboles en silueta, pura rama sin vegetación en ausencia de hojas, que del negro se reflejan en el rojo con doblez misteriosa, afrontan el guiño del descubrimiento en su escueta complejidad y la postrera identidad de todo lo que vive aunque aparente muerte. Árboles en línea, multiplicados, como imagen de un orden de la naturaleza que oferta tanto el descanso como la incertidumbre, la huella del viento y el aplomo de la raíz en tierra. Todo respira.
No es casual la conversión del árbol en pulmones activos en ese dibujo que resume el episodio de una comunión con una atmósfera en la que la vida desvela su auténtico valor. Es esa vida, conjugada con la valentía y la sabiduría del arte, la que con ecos de vigente romanticismo aflora una vez más en la obra limpia de Natalia Pastor como una herencia irrenunciable de quien demuestra saber obligarse a leer las imágenes de su mundo y de su tiempo.